Roberto Peltier San Pedro

Cuatro cuentos

(cortísimos)

escritos por

Roberto Peltier San Pedro

EL GATO

 

No sabemos porqué, pero un día llegó al departamento, se metió por la ventana que da a la calle, y se sentó en el repisón de la ventana, todo lastimado, sucio, hambriento, con su pelo café atigrado y sus ojos verdes; vio a Rodolfo, Rodolfo lo vio a él, y se amaron;  le curó sus heridas, lo limpió, lo alimentó, lo cuidó, y fueron el uno para el otro.

Claro, el gato hacía lo que quería, ensuciaba donde la daba la gana, las cajas de arena casi no las usaba, tenía la casa apestada a sus orines, dormía con Rodolfo en su cama, y nosotros, pues ahí estábamos, ni para bien ni para mal.

Por las tardes se sentaba frente a la puerta, como 15 o 20 minutos antes de que llegara Rodolfo; lo presentía y lo esperaba.

Entre mi abuelita Catita y el gato existía un odio tremebundo, cuando él se metía a la tina para hacer sus necesidades, ella lo cazaba y le abría la llave de la regadera, y el gato salía como alma que lleva el diablo.  Cuando el gato se quedaba dormido o pasaba junto a mi abuelita, ella le daba en la cabeza con un periódico enrollado y el gato salía disparado, en chinga, pero cuando ella se quedaba dormida en el sillón y le colgaba alguna de sus manos, el gato pasaba y se le prendía, pegándole unos arañazos, y mi abuelita se queda temblando del coraje.

El gato, de repente se desaparecía por días, o hasta semanas, luego regresaba herido, muerto de hambre, sucio hasta más no poder, pero nuevamente, Rodolfo lo curaba, lo limpiaba y lo alimentaba, y así fue por varios años.

Un día, Rodolfo se fue a vivir a Mexicali, y el gato, a vivir a otro lado.

Septiembre 8 de 2017

El Machicha con huecho

Llegaba todos los días, tocaba la puerta y pasaba; si era temprano, mi mamá lo pasaba a la cocina y le invitaba un taco, si era al media día, lo pasaba a la sala y le invitaba una cuba, se sentaba y departía con los invitados, si es que ya los había. El Solovino, al principio le ladraba como enloquecido, después casi le servía de alfombra. Con el tiempo se volvió muy familiar, tanto en la casa como en la cuadra; un día, desapareció, y ya no supimos más de él, era el barrendero de Santa Bárbara.

A Ricardo, para molestarlo, le decíamos que era su papá, y se lo creía.

Carlos EL CHAPARRO Alemán

Mi mamá “Cochita”, decía que era su cruz; lo consecuentaba, lo toleraba, le invitaba a comer, y era cómplice en la correría del grupo de amigos de mis papás.

En algunos fines de semana, o entre semana también, Ricardo entraba furioso a la casa de Santa Bárbara 17, siendo un pequeño de 4 o 6 años, diciendo: este, este, este… –y señalaba con el dedo a media altura– “Pinche Chaparrito”, me quitó mis canicas... me quitó mis cochecitos…, o le quitaba algún juguete para hacerle la maldad, para enojarlo y divertirse con él.

Cuando mis abuelos, mi mamá y mi tía Alicia llegaron a la Ciudad de México, se avecindaron en la colonia Hipódromo Condesa, en una casa en la Av. Ámsterdam, y el chaparrito era su vecino; su mamá era una persona muy rica, que vivía en una gran casa en dicha colonia, y después en la Colonia del Valle, por lo que siguieron siendo vecinos; tenía un hermano, “El Johnny”, que tenía un carrazo sport, convertible, último modelo, color rojo, que por supuesto, el chaparrito presumía, pero que su hermano no le prestaba.

Sin embargo, el Chaparro vivía muy pobremente y tomaba mucho; era como de la edad de mis papás; no obstante, era un  buen hombre, ayudador, apoyador, compartido.

Un día, fuimos de día de campo a la Marquesa, y todos nosotros, los niños, jugábamos a brincar en una rama de un árbol, y de ahí, columpiarnos y caer al otro lado de un arroyo seco, cuando llegó el Chaparro, y dijo: Les voy a enseñar cómo se hace…, y que nos hace a un lado, que brinca a la rama, y en la columpiada se le zafaron las manos, cayendo de espaldas sobre el arroyo seco que estaba muy empedrado; se puso un golpe tal, que casi no podía respirar, por lo que se acabó el paseo, ya que lo tuvieron que llevar a la Cruz Roja, para curarlo de los golpes.

Eran una delicia; algunos domingos, todavía en nuestra casa de Santa Bárbara 17, mi mamá preparaba los bocoles (gorditas de masa de maíz con manteca de cerdo, cocidas al comal, del tamaño de la palma de la mano).

Reuniones familiares maravillosas; una verdadera fiesta, en donde participaba toda la familia: papás, abuelita, hermanos, a veces algunos tíos y tías, amigos y amigas de la familia.

Esta tradición se ha seguido hasta la fecha, y hay en la actualidad eventuales reuniones en casa de Ricardo y de Eduardo, que siguen siendo una verdadera fiesta (en la mía no porque no sé prepararlos), y por supuesto, en casa de Catalina y Gilberto.

Los bocoles, que son originarios de la Huasteca Tamaulipeca, y muy comidos en Tampico, de donde era mi mamá, se rellenan con diferentes guisados, al gusto de cada quien. En la casa de mis papás se preparaban, y actualmente se siguen preparando, cortados por la mitad, recién salidos del comal; se les puede sacar algo de la masa, o no, se les pone mantequilla “Gloria” con sal, por un lado, y frijoles (bayos  o negros) refritos por el otro, y en medio, huevo a la mexicana; se cierran, y a comer de 6 a 8 por persona, o los que cada quien pueda; los acompañamos con café (Nescafe) con leche muy caliente y azúcar al gusto. 

 

Roberto Peltier San Pedro

Enero 2015

Los Bocoles

RECUERDOS DE MI ABUELO 

EDUARDO SAN PEDRO SALEM

 

Por Roberto Peltier San Pedro

Diciembre 2018

 

Vivía junto con mi abuela Catalina en un departamento ubicado en la Av. Baja California, en el No. 373, esquina con Cholula, en el primer piso, en la Colonia Condesa.

Él sin ser muy grande de edad… era viejito, medio calvo de pelo blanco, rechonchito, muy bien vestido (de traje, con chaleco y corbata), de un hablar impecable,  y de buenas maneras tanto en la mesa como en su conducta diaria.

Su departamento era sobrio, medio lúgubre, sereno y muy curioso, en esa época todo mundo fumaba y se fumaba en todas partes, mi abuelo para evitar le quemaran la tapicería de los sillones de la sala, atornillaba los ceniceros de latón, a los brazos de madera de los muebles y también a las mesas de centro. 

El departamento estaba lleno de fotografías de amigos y familiares, y si uno veía con atención las fotos, se encontraba con que algunos rostros estaban perforados y no se reconocía al personaje; mi abuelo decía que ya no eran sus amigos, y por eso estaban fuera de su vida y de las fotos.

La recámara de mis abuelitos era impactante, pues al fondo de ella se encontraba un busto del Sagrado Corazón de Jesús, llena de estampas, colgajos, milagros y veladoras , siempre encendidas, el departamento era amplio y tenía una terracita que daba a la Av. Baja California.

Cerca de su departamento estaba el Cine Primavera sobre el camellón de lo que ahora es Av. Benjamín Franklin y Av. Revolución y estaba también la terminal de tranvías, “La Primavera”, en algunas ocasiones nos llevaban al cine junto con mi abuela.

Mi Papa Rodolfo “Fito”, para todos, los consideraba mucho, y casi todos los fines de semana iban a comer a la casa de

Santa Bárbara 17. 

Eran comidas muy serias y formales, en donde a base de indirectas, regaños, codazos, patadas debajo de la mesa, ojos incendiarios y gestos terribles, nos educaban y enseñaban a comer en una mesa formal, tanto mis papas como mis abuelos.

A veces nos íbamos sin avisar a mis papas, caminando desde Santa Bárbara hasta el departamento de los abuelos, caminábamos por toda la Av. Insurgentes, hasta el Puente de Insurgentes, dábamos vuelta por Av. Nuevo león y hasta Av. Baja California y de ahí a su departamento; era toda una aventura.

Un día, mi abuelo Eduardo se murió, nunca supe la causa, tal vez un paro cardiaco, yo no lo recuerdo enfermo, para mi abuelita Catalina fue casi el fin de su vida; adelgazó, se quería morir, no quería vernos, estaba sola en su departamento, fue una grandísima

pérdida para ella.

Mi Papá y mi mamá, casi a fuerzas, y después de un largo tiempo —tal vez un año—, lograron que se viniera a vivir con nosotros a la casa de Santa Bárbara 17.