Eduardo Peltier San Pedro

Eduardo Peltier San Pedro

Desde que tenía ocho o nueve años el año 2000 me parecía un suceso. Representaba para mí algo así como cumplir una meta, tocar una señal del camino de mi vida. En esa época hacia cuantas del tiempo que faltaba para cambiar desiglo y sabía que en el 2000 yo tendría 41 años. Me imaginaba trabajando en una gran oficina, algo muy ejecutivo, con una familia compuesta por tres o cuatro hijos. Con el tiempo, llegar al año 2000 siguió siendo una meta, pero sobre todo un privilegio. Si llego al 2000 seré de los pocos que compartieron su vida entre dos siglos, pero de los más pocos que tuvieron la suerte, el privilegio de vivir en dos milenios. Claro, nunca imagine que hoy, esos pocos, seriamos 6 mil millones de seres humanos. Bueno, esa especie de obsesión y emoción de dejar al siglo XX y poder continuar la vida en el XX , ha llegado. Ello me ha vuelto nostálgico, y cada mañana de estos últimos meses de 1999 se me vienen a la mente muchos recuerdos de mi infancia y mi adolescencia. Y claro en esos recuerdos hay personas fundamentales en mi vida, como son mis hermanos. Por ello les escribo a ustedes algunos de mis recuerdos más claros y más importantes. Los siguientes recuerdos no son más que eso, recuerdos, simples recuerdos que se me han venido a la mente en vísperas de entrar al nuevo siglo, en vísperas de abandonar un pedazo de nuestra historia. Sucesos que me han forjado como hombre, padre, hijo ,esposo, amigo, tío y en este caso como hermano.
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El 6 de diciembre de 2013 Rodolfo Peltier Rivas cumplió 50 años de haber fallecido. A continuación, el recuerdo de su hijo Eduardo, el menor de todos.

 

Eduardo Peltier San Pedro

6 de enero de 2014.

 

Cuando mi papá murió, yo no había cumplido los 6 años.

 

Era sábado. Media mañana. Estaba yo en la cama, siempre dormía con ellos, cuando mi papá desde el baño, llamo a mi mamá: ¡Timotea! ¡Timotea!

 

Mi mamá fue corriendo y poco después lo vi salir con su pijama azul ayudado por mi tío Guillermo y mi mamá, por el quicio de nuestro departamento, el 1, de Arizona 39, en la colonia Nápoles.

 

¡Fue la última vez que lo vi...!

 

Lo que recuerdo después es como pequeños y borrosos flashazos.

 

Esa noche acabé en la portería de mi edificio, cuidado por los porteros y viendo Hechizada sentado en un pequeño banco. De ahí Gilberto -mi cuñado- me llevo a casa de sus papás, y su hermana Silvia me arropo cariñosamente en su cama. Por alguna razón yo tenía calentura y no fue una buena noche… ¡ni para mí, ni para nadie!

 

Cuando dos días después regresé a mi casa era de noche y estaba llena de gente vestida de negro. Mis tías, mi hermana y mi abuela... ¡mi madre de negro! Unos sentados y otros parados. Como en las fiestas de siempre, pero sin bullicio y sin música y sin carcajadas.

 

– ¿Y mi papá? Pregunte.

 

-Se murió y hoy lo enterramos-, me dijo en voz baja y seria mi mamá.

 

No entendí, de verdad que no entendí. Creí que me bromeaban. Me puse a buscarlo bajo las camas del cuarto de mis hermanos, y en el closet y en el baño y la cocina y la sala… y no estaba por ningún lado. Solo gente de negro por todos lados.

 

Uno o dos días después, al despertar en la cama de mi papá, mientras mi mamá se arreglaba frente al espejo de su tocador, se me ocurrió abrir el buró de mi papá. Sentí un golpe terrible en el centro del pecho y comprendí, que mi papá estaba muerto y no lo volvería a ver.

 

Aún recuerdo cuando volvió su mirada tierna y sonriente sobre mí, al cruzar con su pijama azul el quicio de la puerta de nuestro departamento en Arizona 39.

 

Crecer sin papá no está fácil, ni es bonito, claro que ayudo la presencia de Rodolfo, que tomó enseguida el rol de jefe de familia, y ayudaron tambien el cariño de Roberto y Catalina... y las bromas de Ricardo. Todo ayudo un poco, pero no fue suficiente, nunca es suficiente no tener papá. Pero uno se las arregla en la vida y sobrevives.

 

Y hoy aquí, después de 50 años de su muerte, sobreviví y lo hice no solo por mí, sino gracias al amor de mi madre y mis hermanos, y en especial y los grandes y buenísimos recuerdos que mi mamá siempre me contó sobre cómo era mi padre. No sé otra historia de él, ni quiero saberla, me quedare hasta el fin con las palabras de mi mamá describiendo al gran amor de su vida y el gran papá que hubiera tenido, si la vida no me lo hubiera quitado tan pronto.