Alejandra Negrete Morayta

Trayectoria en Interpretación, Trayectoria en Traducción, Interpretación Comunitaria en Lenguas Indígenas y Trabajo de Investigación

Alejandra Negrete Morayta

24 de enero de 2019

 

Antiguo Colegio de San Ildefonso

 

Es un enorme privilegio encontrarme el día de hoy con todas y todos ustedes en este homenaje a la admirable labor que realizan las personas intérpretes y traductoras aquí presentes, en memoria también de Italia Morayta, de quien tuve la fortuna de ser nieta y quien fue una mujer fuera de lo común, que, quizá, sin quererlo, junto con otras mujeres y hombres muy valiosos, logró convertir un oficio en una profesión.

 

En retrospectiva, pienso que mi abuela tenía mucho de progresista, y aún más de feminista. Porque no sólo encarnó esa historia de una mujer adelantada a su época, que además de ser madre de familia y sostén del hogar, trabajaba como periodista, y que, de forma inesperada, terminó fungiendo como intérprete, lo mismo en cumbres internacionales, en operaciones a corazón abierto, en eventos deportivos, que en apoyo a diversos presidentes de México y jefes de Estado de otras naciones.

 

Pero tuvo una particular forma de hacerlo, que iba más allá del yo, y que tenía que ver con un “nosotras” colectivo. Un “nosotras” que se refería no sólo al gremio, si no también, a la condición de género.

 

Ubiquémonos en esos años: las mujeres en México ni siquiera tenían derecho al voto. Su acceso a empleos remunerados era extremadamente limitado y mal pagado; difícilmente se nos consideraba, siquiera, como seres con plena capacidad de pensamiento y acción, y se nos tomaba como una simple extensión de nuestros padres, maridos, hermanos y hasta de nuestros hijos.

 

Ello, implicó que Italia tuviera que enfrentarse a un mundo totalmente masculino, plagado de estereotipos, misoginia, discriminación y techos de cristal.

 

Con todo eso en contra, siguió trabajando y en 1949 fue promotora en la creación y consolidación de la Asociación de Personal Técnico para Conferencias Internacionales: un equipo que integró a personas intérpretes, traductoras, relatoras y coordinadoras de eventos.

 

Se trató, sin duda, de un punto de partida para el desarrollo y profesionalización de estas actividades en México, que abrió nuevos horizontes para quienes laboran en ellas, pero también para el país, ya que el gobierno, las empresas y la sociedad en general, nos hemos beneficiado enormemente a lo largo de estos años, de esos logros.

 

No lo hizo sola, pero fue su impulso, con una combinación de solidaridad y de una inspiradora emancipación, lo que dio inicio a todo esto. Cualidades que hoy, pensando en el ámbito de la interpretación y la traducción, donde el 71% de las personas que laboran son mujeres, deben ser retomadas con vigor y, sobre todo, con sororidad, palabra, que, por cierto, me da mucho gusto que los señores de la RAE ya incluyeron en el diccionario.

 

Pero regreso al tema. Y el mensaje, que no por evidente debemos dejar de repetir, es que aún hay un largo tramo por recorrer en la brecha de la igualdad y libertad que abrieron quienes nos han precedido. Y para ello debemos seguir generando redes de apoyo para el empoderamiento femenino.

 

Es increíble que, a estas alturas, las mujeres sigamos aportando el 66% de la riqueza a nivel mundial, y sólo recibamos el 10% de esa aportación.

 

Que nos veamos sometidas a dobles y triples jornadas laborales no remuneradas porque tenemos a cargo el cuidado de nuestras hijas e hijos, de las personas adultas mayores y las labores del hogar.

 

Que las mujeres que encabezamos un hogar, que cada año aumentan en altas proporciones, nos enfrentemos, de facto, a una discriminación estructural, sabiendo, que por sólo ese hecho, es decir, el no contar con un sostén masculino, nuestras hijas e hijos se enfrentarán a condiciones mucho más adversas para su desarrollo.

 

Esto nos invita a seguir trabajando juntas para multiplicar nuestras voces y hacernos oír. A sumar a más hombres a esta lucha que debería ser de todos. Conscientes de nuestro poder femenino, como enormes agentes de cambio.

 

No perdamos nunca de vista que, gracias a ustedes, la comunicación se hace posible. Gracias a ustedes, los conflictos, que siempre están latentes, pueden resolverse dialogando. Gracias a ustedes, el entendimiento se puede anteponer a la ley del más fuerte.

 

Porque sin su labor, las diferencias entre naciones y culturas se resolverían por medio de la fuerza, en vez de la razón.

 

En este marco, no puedo sino expresar mi más profundo reconocimiento al gremio, y a quienes participan activamente para darle visibilidad y apoyo a esta labor profesional.

 

Tal es el caso de la y los integrantes del Consejo Directivo de la Fundación Italia Morayta: Frances Bunker, Gonzálo Celorio y Jorge Badillo. A ustedes tres, les agradezco mucho por llevar en hombros la noble labor de esta institución y lo mismo para quienes con sus aportaciones al consejo asesor, enriquecen la visión, experiencia e impacto de la fundación.

 

Y, sobre todo, mi reconocimiento y mi más sincera felicitación a las personas protagonistas de esta noche, ¡a las y los ganadores de los premios Italia Morayta 2019! Se trata, sin lugar a dudas, de hombres y mujeres de un gran talento, y que representan una gran inspiración, inspiración que hace historia.

 

Como ya se mencionó, dos son reconocimientos a la trayectoria profesional: los de Laura y Arturo. Vale la pena hacer mención a que no sólo se les reconoce el día de hoy su trabajo diario y continuado a lo largo de muchos años si no también por su contribución para desarrollar nuevos talentos y para fortalecer estas tareas y hacer conciencia de lo que aportan y representan.

 

Un reconocimiento más es el de Lucía, quien, con su trabajo de investigación arroja luz a un tema complejo, y que no se queda ahí, sino que ofrece propuestas para hacer más productiva y larga la vida profesional de las y los intérpretes.

 

El cuarto premio reconoce el trabajo comunitario en lenguas indígenas realizado por Miguel, quien destaca en muchos campos, pero de quien subrayo su esfuerzo como formador de intérpretes comunitarios español-maya.

 

Y a propósito de que el 2019 es el año internacional de las lenguas indígenas, me quiero detener aquí un momento para compartirles una reflexión en dos vertientes.

 

Primero, el gran valor social de esta tarea para grupos que han sido históricamente excluidos, y que en la barrera del idioma han encontrado un obstáculo más para el respeto y ejercicio de sus derechos, y para seguir siendo continuamente discriminados.

 

A este respecto, el caso del acceso a la justicia es icónico, ya que por décadas se han llevado a cabo procesos judiciales en contra de personas indígenas que, al no hablar o entender a cabalidad el español han sido injustamente condenadas y han tenido que pagar con la privación de su libertad, con vejaciones a su integridad personal y psicológica y, en algunas ocasiones, incluso con su propia vida, nuestra falta de capacidad para reconocer que la diversidad nos enriquece y que las diferencias nos complementan.

 

En este sentido, la labor que realizan las personas como Miguel puede permitir cerrar brechas y rezagos en favor de personas que, lamentablemente, no cuentan con las mismas oportunidades que otras. Por eso, con toda mi admiración te digo, ¡felicidades Miguel!

 

Porque el lenguaje abre puertas y muestra mundos. El lenguaje da a las personas acceso a un desarrollo integral y a esquemas colaborativos imposibles de lograr de otra manera.

 

Desde el comercio justo, el acceso a los servicios mínimos de educación o de salud, hasta la forma de plantear los problemas y, por ende, la forma de solucionarlos. Y muy importante, ofrece también una vía para la preservación de la sabiduría y el conocimiento particular asociado a cada lengua.

 

En este marco, no puedo de dejar de agradecer a César Urrutia, por la obra que hizo posible materializar este reconocimiento Italia Morayta, con su grabado en cobre a una tinta e intaglio titulado: At risk, el cual, como lo comentó el mismo, es un recordatorio del riesgo que existe frente a la posible desaparición de muchas lenguas originarias alrededor del mundo, lo que tiene graves implicaciones en cuanto a pérdida de sabiduría, de historia, de cultura y, por tanto, de humanidad.

 

Al mismo tiempo y, en segundo lugar, me gustaría invitarlos a abordar este tema desde una visión cada vez menos centrista que nos permita entender el gran legado y las valiosas aportaciones de la cultura indígena.

 

Que no se asuma que se trata únicamente de que todas las personas indígenas en México hablen el español, sino por el contrario, que se asuma como un objetivo explícito, el que los hispanoparlantes en México nos acerquemos a la cultura y a la cosmovisión indígena.

 

Es decir, quiero también imaginarme un México distinto, en el que los censos no solo reportaran el número de personas que no hablan español, sino que también señalaran, explícitamente y con la misma preocupación, al número de personas que no se acercan a nuestras raíces y hacen a un lado a nuestra cultura indígena.

 

Qué increíble sería que las aportaciones del náhuatl, el otomí o el mixteco, fueran moneda corriente entre muchos de nosotros. Qué bello que aprendiéramos a pensar, cantar y sentir en tzeltal, tzotzil o zapoteco.

 

Porque nuestra capacidad de construir un mundo distinto está directamente relacionada con nuestra capacidad de pensar ese mundo en un lenguaje y en un marco conceptual más amplio.

 

Estimadas y estimados todos,

 

Si me lo permiten, quisiera concluir compartiendo con ustedes una reflexión más personal. Y es que, por diversas razones, el evento que hoy nos convoca tiene un significado muy especial para mí. Y ese significado es el de la GRATITUD.

 

Gratitud por ver a tanta gente valiosa reunida en torno a la persona y el recuerdo de mi abuela. Gratitud por saber que su lucha y su ejemplo en favor de quienes dedican su vida a interpretar y traducir, es decir, al encuentro entre los mundos, permanece y sigue rindiendo grandes frutos.

 

Gratitud por haber sido invitada a estar aquí con ustedes, reflexionando sobre esta profesión tan valiosa, y en muchos casos tan injustamente subvalorada.

 

Soy honesta: no saben la ilusión y también la añoranza que sentí, desde que me hicieron el honor de considerarme para participar en la entrega de estos premios. Por eso, como feminista, y como admiradora número uno de mi abuela Italia, no puedo más que agradecer de todo corazón a quienes han hecho posible este día.

 

Todas y todos ustedes han decidido destinar una parte de su energía y su talento al legado de una mujer adelantada a su tiempo, que abrió brecha, tuvo visión de futuro y rompió estereotipos.

 

Una mujer que, contraria a su época, supo combinar la calidez del hogar, que vaya que la recibimos, con la satisfacción de una carrera profesional, que vaya que la logró.

 

Una mujer de la que tuve la inmensa fortuna de ser nieta y que se convirtió en uno de los pilares más sólidos de mi vida, que ayer, 23 de enero, habría cumplido noventa y nueve años en la Tierra, y que ahora, estoy segura, nos observa desde allá arriba, con una sonrisa en la mirada.

 

Muchas gracias.